"Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos
juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no
sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo
dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te
alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me
ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer
sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me
sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado..."
"Yo ya era así antes de que tú llegaras, caminaba por las
mismas calles y comía las mismas cosas. Incluso antes de que llegaras yo ya
vivía enamorado de ti y a veces, no pocas, te extrañaba como si supiera que me
hacías falta…"
"Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella.. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio."
"Cuando ya no te quieran, lo sabrás, aunque no te lo digan. Lo sentirás desde lo más profundo del alma, porque la indiferencia jamás pasa desapercibida."
"Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy
dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se
entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar,
hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en
la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí
para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco
comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi
mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y
entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos
se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran,
respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente,
mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando
en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un
silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente
la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena
de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos
mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber
simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva
y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna
en el agua."
"Una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida
por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco
comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi
mano te dibuja..."
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un
pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire.
No te dan
solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque
es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese
menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo.
Te regalan -no
lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y
precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a
tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca.
Te
regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle
cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la
hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el
servicio telefónico.
Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de
que se te caiga al suelo y se rompa.
Te regalan su marca, y la seguridad de que
es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj
con los demás relojes.
No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te
ofrecen para el cumpleaños del reloj.
"...Que adoro tus lunares y tu pecho me parece el paraíso. Que no fuiste el amor de mi vida, ni de mis días, ni de mi momento. Pero que te quise, y que te quiero, aunque estemos destinados a no ser."
Rayuela es una novela del escritor argentino Julio Cortázar.
Escrita en París y publicada por primera vez en España en 1963, constituye una
de las obras centrales del boom latinoamericano.
Se trata de una narración introspectiva, en monólogo
interior, que narra la historia de Horacio Oliveira, su protagonista, de un
modo tal que juega con la subjetividad del lector y tiene múltiples finales.
A
esta obra suele llamársela «antinovela», aunque el mismo Cortázar prefería
denominarla «contranovela».
Si bien el estilo que se mantiene a lo largo de la obra es
muy variado, se la considera una de las primeras obras surrealistas de la
literatura argentina.
«De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la
tentativa de llevarla a la escritura», dijo Cortázar de Rayuela cuando se le
preguntó qué significaba para él.