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lunes, 13 de noviembre de 2017

Patatas en la mochila





Ese día, el maestro nos había pedido que lleváramos patatas crudas y una bolsa de plástico.
Escogimos una patata por cada persona a la que guardábamos resentimiento, escribimos su nombre en ella y la pusimos dentro de la bolsa.

Nos pidió que durante una semana lleváramos con nosotros a todos lados esa bolsa de patatas en la mochila. ¡Algunas bolsas eran realmente pesadas!
Naturalmente la condición de las patatas se iba deteriorando con el tiempo. El fastidio de acarrear esa bolsa en todo momento me mostró claramente el peso que cargaba a diario.

También aprendí como, mientras ponía mi atención en ella para no olvidarla, desatendía cosas que eran mas importantes para mi.
Este ejercicio me hizo pensar sobre el precio que pagaba por no perdonar algo que ya había pasado y no podía cambiarse.

Muchas veces pensamos que el perdón es un regalo para el otro sin darnos cuenta que los primeros beneficiados somos nosotros mismos.

Todos tenemos patatas pudriéndose en nuestra “mochila” sentimental. 
La falta de perdón es como un veneno que tomamos a diario a gotas pero que finalmente nos termina envenenando.
Muchas veces al primero que tienes que perdonar es a ti mismo por todas las cosas que no fueron como hubieras querido.
El perdón nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo.
No significa que estés de acuerdo con lo que pasó, ni que lo apruebes.

Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causaron dolor o enojo.
El perdón se basa en la aceptación de lo que pasó.

EL PERDÓN ES UNA DECISIÓN, NO UN SENTIMIENTO.







jueves, 19 de octubre de 2017

Las cuatro estaciones…





Había una vez un hombre que tenía cuatro hijos.
 El hombre buscaba que ellos aprendieran a no juzgar las cosas tan rápidamente; entonces los envió a cada uno por turnos a visitar un peral que estaba a una gran distancia.

 El primer hijo fue en el invierno, el segundo en la primavera, el tercero en el verano y el hijo más joven en el otoño.
 Cuando todos ellos habían ido y regresado; su padre los llamó, y juntos les pidió que describieran lo que habían visto.

 El primer hijo mencionó que el árbol era horrible, doblado y retorcido.
 El segundo dijo que no, que estaba cubierto con brotes verdes y lleno de promesas.
 El tercer hijo no estuvo de acuerdo, dijo que estaba cargado de flores, que tenia aroma muy dulce y se veía muy hermoso, era la cosa más llena de gracia que jamás había visto.
 El último de los hijos no estuvo de acuerdo con ninguno de ellos, y dijo que el peral estaba maduro y marchitándose de tanto fruto, lleno de vida y satisfacción.

 Entonces el hombre les explicó a sus hijos que todos tenían razón, porque ellos solo habían visto una de las estaciones de la vida del árbol.
 Les dijo a todos que no deben de juzgar a un árbol, o a una persona, solo por ver una de sus temporadas, y que la esencia de lo que son, el placer, regocijo y amor que viene con la vida puede ser solo medida al final, cuando todas las estaciones ya han pasado.

 Si tú te das por vencido en el invierno, habrás perdido la promesa de la primavera, la belleza del verano, y la satisfacción del otoño.
 No dejes que el dolor de una estación destruya la dicha del resto.

 No juzgues la vida solo por una estación difícil.

 Aguanta con valor las dificultades y las malas rachas, porque luego disfrutarás de los buenos tiempos. Sólo el que persevera encuentra un mañana mejor.





lunes, 27 de julio de 2015

Rafael Alcalá Álvarez





"LOS GUANTES DE FRANCIS.

Circulaba con mi mujer y en un semáforo en rojo me detuve. Un joven de raza negra me ofreció chapurreando el español, un paquete de pañuelos. Le di un euro. Como pasamos  tres veces por semana por dicho lugar, he charlado con él varias veces. Es ghanés, habla inglés y es licenciado en Sociología. En una segunda ocasión, al darle el euro, me lo rechazó y me pidió si le podía regalar unos guantes de color claro. Mi mujer y yo nos miramos asombrados, ya que el calor en mi ciudad es duro de pelar. Se los compré y se los di un día lluvioso.
Francis-así  se llama- sonrió felíz. Parecía que le salvaban la vida. En otra ocasión, me atreví a preguntarle por qué me había pedido los guantes. Me sonrió y evitó responderme. Me costó más de dos meses que me lo explicara. Por fin, me respondió bajando la cabeza: "A muchas personas parece que les da asco rozar nuestra piel y no nos dan nada. Desde que tengo los guantes, todo ha cambiado."
Seguí camino pensativo mientras mi mujer se miraba las manos. ¿Blancas, negras? ¿Tan gris es el mundo?

RAFAEL ALCALÁ ÁLVAREZ.-Málaga, España.






sábado, 28 de febrero de 2015

Oyendo al muñidor de La Mortaja-Antonio Burgos




"Viene por la calle Dueñas, en el atardecer, la cruz de manguilla, y delante viene sonando, lastimera, antigua, tristona como la tarde, la campanilla del muñidor de la Mortaja. Viene vestido de época, calzón y media, casaca negra, y va marcando con las dos campanillas que en su mano lleva unos ritmos medidos y ocultos, con una exacta cadencia que él sólo sabe. A muchos suena a un tiempo antiguo la campanilla del muñidor. Otros hemos oído muchas veces esa misma campana. Era la campana del muñidor de la Caridad.


Salían por Sevilla los asilados del Hospital del Señor San Jorge con sus hopas azules, su cruz de manguilla también, dos faroles en alto que rejillas de alambre en vez de vidrios tenían, de austeros y sobrios que los quiso Miguel Mañara. Y delante, uno de ellos, con su sombrero negro de anchas alas y copa redonda, llevaba una campanilla como la del muñidor de la Mortaja. 
Así que ahora, que es Viernes Santo, que está atardeciendo, que viene la cruz de manguilla de la Mortaja de la calle Dueñas, yo la oigo, Antonio Dubé de Luque, y, como tú, no oigo a este muñidor, sino que resulta que vamos camino del colegio, a la calle Guzmán el Bueno, y nos hemos encontrado con los viejos de la Caridad que van por Sevilla, con una esportilla, pidiendo para un pobre al que han de dar sepultura. O que es el entierro el que viene, con las andas donde un paño azul con un encarnado corazón en llamas oculta al ataúd, que lo llevan dos hombres de hopa y sombrero, cargado sobre las espaldas con unas correas, asiendo de las manos las parihuelas, casi, casi igual, Antonio Dubé, que esa camilla de la Cruz Roja que vemos entrar a la enfermería de la plaza de los toros por la calle Antonia Díaz las tardes que hay corridas de noveles del diario "Sevilla", que tú y yo hemos estado recortando cupones para que pongan a un muchacho que apodera Elías el Barbero, Antonio Codeseda nos ha dicho que se llama, y si lo ponen, nos va a regalar dos entradas de oficio para que vayamos a verlo.


Oímos al muñidor de la Mortaja, Antonio, que no viene por la calle Dueñas, sino que va todavía delante de un entierro de la Caridad, y que pide "para un pobre Hombre que se ha de enterrar". Sevilla le da a su Dios el rito de sus entierros, las túnicas de la Mortaja tienen mucho de hopa de la Caridad, Pepe el de las Salesas dispuso el duelo pensando en el tranvía del cementerio. g Pero es sólo a un Hombre al que entierra Sevilla este atardecer, cuando la Mortaja viene por Dueñas? ¿No está enterrando acaso la propia alegría de la Semana Santa? Suena la campanilla del muñidor y nos anuncia, como en un cuadro de Mañara, que así pasa la gloria del mundo, de este mundo al que llamamos Sevilla. Yo ahora, Antonio Dubé de Luque, tomo los pinceles de Valdés Leal y con palabras te pinto el cuadro de la brevedad de la vida, "ni más ni menos". De los geranios de la Hiniesta por el Pumarejo, ¿qué se hizo? ¿Dónde están las aguas del río que miraban pasar La Estrella? Secas están las flores de la Virgen de las Aguas. ¿Dónde suena la banda de Tejera que iba detrás de la Virgen de Santa Cruz por la plaza de Molviedro? Qué lejos queda, tiara, corona, cetro, el plumero de los armaos que ¿cuándo fue, ayer, anoche, esta mañana, hoy mismo?, veíamos altivos por la Alameda de sus Césares... De aquella perfección del palio de las Cigarreras, ¿qué se hizo? ¿Dónde está el crujido del Calvario, dónde las flores de la Virgen del Valle, dónde la plata del paso de Pasión, dónde "Amargura"?


Oímos al muñidor de la Mortaja, Antonio Dubé, y es un reloj, una clepsidra con agua del río de cofradía trianera, que nos va marcando el tiempo que, irreparablemente, se escapa de las manos, en la larga tristeza de esta tarde, en la larga nostalgia de los días.


Oímos al muñidor, Antonio Dubé, y no estamos oyendo que traen a Cristo a enterrar, sino que estamos oyendo esta nuestra propia tristeza de que habrá de pasar todo un año para que otra vez volvamos a sentir la alegría sin fronteras del primer nazareno del Domingo de Ramos."


Antonio Burgos /  Recuadros de Semana Santa

Recogido en el libro "Sevilla en cien recuadros."







jueves, 1 de enero de 2015

Mi pino




Este es mi pino araucaria, (más de seis metros). Subí esta foto para felicitar la Navidad y una amiga me preguntó que cómo lo había adornado...esto fue lo que le contesté...

Primero, hace quince años, lo plantamos, era chico, escuálido y me tenía aburrida...no crecía nada y yo le preguntaba de vez en cuando: "No te da verguenza no crecer????" Y al fin un día tuvo un poco de orgullo y amor propio y dijo...ALLÁ VOY!!! Está enorme y precioso y hace cinco Navidades decidí ponerle, en agradecimiento, unas luces de colores, son de energía solar y quedó tan bonito que se las dejamos para siempre...en verano parece que estamos siempre de fiesta y en invierno parece siempre Navidad!!! 
Este año se las hemos renovado, haciendo malabarismos con una gran escaleras y una caña de pescar pudimos llegar hasta arriba...el resultado el que ves, está precioso y todos los días le doy las gracias por haber crecido!!!   





jueves, 18 de septiembre de 2014

Moraleja




En la ciudad de Bangkok, en Tailandia, hay un templo budista pequeño muy visitado por los turistas, allí se encuentra un buda de oro macizo, de 10 pies y medio de altura, que pesa 2 toneladas y media, y que tiene un valor de 196 millones de dólares.

En una vitrina cerca se encuentra un pedazo de arcilla de 12 pulgadas de ancho. Y una interesante historia.

En 1957 un monasterio budista tenía que cambiarse de local, porque se construiría una carretera, así que se le asignó a un monje budista para que se encargara de la transportación del gigante ídolo de barro.

Cuando la maquinaria, empezó a levantar ese gigante pesado, se comenzó a rajar, además comenzó a llover, el jefe de los monjes ordenó bajar la imagen, y cubrirle de la lluvia con una lona plástica. Ya tarde, por la noche, el monje fue a ver los daños que había sufrido la imagen de barro, y comprobó que en una parte de ella había una rajadura y, que a la luz de la linterna salía una luz brillante.

El monje asombrado decidió descubrir el origen de esa luz especial así que empezó a quitar el barro ayudado por un cincel y martillo, y sus ojos no podían creer lo que veía. Descubrió que detrás de ese barro, un Buda era de oro macizo.

Los historiadores creen que cientos de años atrás cuando las fuerzas armadas Burmesas estaban por invadir Tailandia, monjes trataron de proteger la imagen con capas de barro, sobre el precioso Buda de oro. Ningún monje sobrevivió para revelar la verdad.

MORALEJA.

 En cada uno de nosotros hay algo tan codiciado, más preciado que el oro, necesitamos ser cambiados y posiblemente en medio de las tormentas de la vida, cuando parece que el sufrimiento nos ha resquebrajado, pueda salir esa luz, que nos conduzca a descubrir que detrás del barro, de nuestros fracasos o tristezas, está “la FE”.






domingo, 18 de mayo de 2014

LA SILLA





La hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una oración para su padre que estaba muy enfermo.

Cuando el sacerdote llegó a la habitación, encontró a este pobre hombre en su cama con la cabeza alzada por un par de almohadas.

Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote pensó que el hombre sabía que vendría a verlo.
- ¿Supongo que me estaba esperando?- le dijo.
- No, ¿quién es usted?- dijo el hombre enfermo.
- Soy el sacerdote que su hija llamó para que orase con usted; cuando entré y note la silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que yo vendría a visitarlo.
- Ah sí, la Silla. Le importa cerrar la puerta? – dijo el hombre enfermo.
El sacerdote sorprendido cerró la puerta.
El hombre enfermo le dijo:
- Nunca le he dicho esto a nadie, pero toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la Iglesia, he escuchado siempre al respecto de la oración, cómo se debe orar y los beneficios que trae…
…pero siempre esto de las oraciones; no sé…! Me entra por un oído y me sale por el otro. De todos modos no tengo idea de cómo hacerlo. Entonces… Hace mucho tiempo abandoné por completo la oración. Esto ha sido así en mí hasta hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo:
“José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús. Así es como te sugiero que lo hagas… Te sientas en una silla y colocas otra silla vacía enfrente de ti, luego con fe miras a Jesús sentado delante de ti. Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás haciendo conmigo ahora.”
Es así que lo hice una vez y me gustó tanto, que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no vaya a verme mi hija… Pues me internaría de inmediato en el manicomio.

El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar esto y le dijo a José que era algo muy bueno lo que venía haciendo, y que no dejara de hacerlo nunca. 

Luego hizo una oración con él. Le extendió una bendición y se fue a su parroquia.
Dos días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre había fallecido.

El sacerdote le preguntó:
- ¿Falleció en Paz?
- Sí, cuando salí de la casa a eso de las dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama. Me dijo que me quería mucho y me dio un beso. Cuando regresé de hacer unas compras una hora más tarde, ya lo encontré muerto. Pero hay algo extraño al respecto de su muerte, pues aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de su cama y recostó su cabeza en ella. Pues así lo encontré. ¿Qué cree usted que pueda significar esto?

El sacerdote profundamente estremecido, se secó las lágrimas de emoción y le respondió:

-”Ojalá todos nos pudiésemos ir de esa manera”.

                                                                                                                    Irene Villa


martes, 29 de abril de 2014

Los siete bultos.




Estaba un hombre sentado en un banco de una plaza donde siempre acostumbraba a quedarse por algún tiempo.

Se relajaba mirando los árboles al sol y al viento, las palomas en búsqueda de alimentos, los ambulantes vendiendo baratijas, los pájaros haciendo nidos, los niños jugando, las campanas de la iglesia repicando, viejecitos jugando a los dados y al dominó.


Súbitamente se vio rodeado por siete bultos de rostros cubiertos, y uno de ellos le dijo:

- Nosotros somos moradores del futuro.
- Y que me vienen a decir? – pregunto él, sintiéndose incómodo.

Así, uno a uno comenzó a decir:
1º – Yo soy una tormenta: un día podré llevar todo lo que posees.
2º – Yo soy el Hambre: un día podré llegar y conocerás uno de los mayores dolores que sufre el mundo.
3º – Yo soy el desempleo: un día podré visitarte y no sabrás cómo sobrevivir.
4º – Yo soy un incendio: un día podré dejarte sin techo y sin abrigo.
5º – Yo soy la melancolía: un día podré alcanzarte y perderás las ganas de vivir.
6º – Yo soy la soledad: un día podré golpear tu puerta y no tendrás compañeros para oírte o para conversar.
7º – Yo soy la vejez: cuando Yo llegue, estarás vacío, enfermo y sin metas.

De repente, como en un torbellino, los siete bultos hablaban al mismo tiempo, atropelladamente. 

Poniéndose a respirar hondo, al rato fue reaccionando y, como en un pase de magia, él pudo ver los rostros de los siete bultos. El hombre, antes relajado y tranquilo, comenzó a temblar. Eran exactamente iguales a él!  con decisión, dijo:
- Paren! Ustedes son ladrones de paz! Son asaltantes de mentes distraídas! Ustedes son YO mismo! Son mis pensamientos! Ustedes no viven en el futuro! Viven en mi cabeza, pero en ella soy YO quién manda!

Y prosiguió:
- Aquí aprendí con los árboles que la renovación es posible después de tener sus hojas caídas.

- Aquí aprendí con las palomas que siempre habrá más alimento que palomas hambrientas.

- Aquí aprendí con los vendedores ambulantes que el empleador no siempre es indispensable y que siempre habrá medios para sobrevivir.

- Aquí aprendí con los pájaros que, por cada nido derrumbado, nuevos nidos pueden ser construidos.

- Aquí aprendí con los niños que no es necesario ningún esfuerzo para ser feliz y querer vivir.

- Aquí aprendí con el tañir de las campanas que, por más solos que estemos, siempre habrá alguien para escucharnos.

- Y aquí aprendí con los viejitos, que es posible alcanzar las metas aunque sea venciendo en una apuesta de dados o en un juego de dominó.

Poco a poco aquellos siete bultos fueron cambiando sus pesadas expresiones y, abriendo suaves sonrisas, dijeron:
1º – Yo soy la Prosperidad.
2º – Yo soy la Abundancia.
3º – Yo soy el Progreso.
4º – Yo soy la Seguridad.
5º – Yo soy la Alegría.








Sacrificio de madre.





Un joven fue a solicitar un puesto en una empresa grande. Pasó la entrevista inicial y ahora iba a conocer al director para la entrevista final. El director vio en su CV sus logros académicos y eran excelentes. 

Y le preguntó: " ¿Recibió alguna beca en la escuela?" el joven respondió "no".
"¿Fue tu padre quien pagó tu colegiatura? "
" Mi padre murió cuando yo tenía un año de edad, fue mi madre la que pagó. "-respondió.
"¿Dónde trabaja tu madre? "
"Mi madre trabajaba lavando ropa."

El director pidió al joven que le mostrara sus manos . El joven mostró un par de manos suaves y perfectas.
"¿Alguna vez has ayudado a tu madre a lavar la ropa? "
"Nunca, mi madre siempre quiso que estudiara y leyera más libros. Además, mi madre puede lavar la ropa más rápido que yo.
El director dijo: "Tengo una petición: cuando vayas a casa hoy, ve y lava las manos de tu madre, y luego ven a verme mañana por la mañana."

El joven sintió que su oportunidad de conseguir el trabajo era alta. Cuando regresó a su casa le pidió a su madre que le permitiera lavar sus manos. Su madre se sintió extraña, feliz pero con sentimientos encontrados y mostró sus manos a su hijo.

El joven lavó las manos de su madre poco a poco. Rodó una lágrima al hacerlo. Era la primera vez que se daba cuenta de que las manos de su madre estaban tan arrugadas y tenían tantos moratones. Algunos hematomas eran tan dolorosos que su madre se estremeció cuando él la tocó.
Esta fue la primera vez que el joven se dio cuenta de lo que significaban este par de manos que lavaban la ropa todos los días para poder pagar sus estudios. Los moretones en las manos de la madre eran el precio que tuvo que pagar por su educación, sus actividades de la escuela y su futuro.

Después de limpiar las manos de su madre, el joven se puso a lavar en silencio toda la ropa que faltaba.
Esa noche, madre e hijo hablaron durante un largo tiempo.
A la mañana siguiente, el joven fue a la oficina del director.
El director se dio cuenta de las lágrimas en los ojos del joven cuando le preguntó: "¿Puedes decirme qué has hecho y aprendido ayer en tu casa?"
El joven respondió: "lavé las manos de mi madre y también terminé de lavar toda la ropa que quedaba"
"Ahora sé lo que es apreciar, reconocer. Sin mi madre, yo no sería quien soy hoy. Al ayudar a mi madre ahora me doy cuenta de lo difícil y duro que es conseguir hacer algo por mi cuenta. He llegado a apreciar la importancia y el valor de ayudar a la familia.

El director dijo: "Esto es lo que yo busco en un gerente. Quiero contratar a una persona que pueda apreciar la ayuda de los demás, una persona que conoce los sufrimientos de los demás para hacer las cosas, y una persona que no ponga el dinero como su única meta en la vida". "Estás contratado".

Un niño que ha sido protegido y habitualmente se le ha dado lo que él quiere, desarrolla una "mentalidad de tengo derecho" y siempre se pone a sí mismo en primer lugar. 

Ignoraría los esfuerzos de sus padres. Si somos este tipo de padres protectores ¿realmente estamos demostrando el amor o estamos destruyendo a nuestros hijos?


Puedes dar a tu hijo una casa grande, buena comida, clases de piano, ver en una gran pantalla de televisión. 
Pero cuando estás cortando el césped, por favor que también lo experimente. 
Después de comer que lave sus platos junto con sus hermanos y hermanas. No es porque no tengas dinero para contratar quien lo haga, es porque quieres amarlos de la manera correcta. 

No importa cuán rico seas, lo que quieres es que entienda. Un día tu pelo tendrá canas, igual que la madre de ese joven. Lo más importante es que tu hijo aprenda a apreciar el esfuerzo y tenga la experiencia de la dificultad y aprenda la habilidad de trabajar con los demás para hacer las cosas."


jueves, 20 de febrero de 2014

La leyenda del ajedrez





 Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo reinaba en cierta parte de la India un rey llamado Sheram.

 En una de las batallas en las que participó su ejército perdió a su hijo, y eso le dejó profundamente consternado. 

Nada de lo que le ofrecían sus súbditos lograba alegrarle.

Un buen día un tal Sissa se presentó en su corte y pidió audiencia. El rey la aceptó y Sissa le presentó un juego que, aseguró, conseguiría divertirle y alegrarle de nuevo: el ajedrez.

Después de explicarle las reglas y entregarle un tablero con sus piezas el rey comenzó a jugar y se sintió maravillado: jugó y jugó y su pena desapareció en gran parte. Sissa lo había conseguido.

Sheram, agradecido por tan preciado regalo, le dijo a Sissa:

- Sissa, quiero recompensarte dignamente por el ingenioso juego que has inventado.

El sabio contestó con una inclinación:

– Soy bastante rico como para poder cumplir tu deseo más elevado –continuó diciendo el rey–. Di la recompensa que te satisfaga y la recibirás.

Sissa continuó callado.

– No seas tímido –le animó el rey-. Expresa tu deseo. No escatimaré nada para satisfacerlo.

– Grande es tu magnanimidad, soberano. Pero concédeme un corto plazo para meditar la respuesta. Mañana, tras maduras reflexiones, te comunicaré mi petición.

Cuando al día siguiente Sissa se presentó de nuevo ante el trono, dejó maravillado al rey con su petición, por su modestia.

– Soberano –dijo Sissa–, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero del ajedrez.

– ¿Un simple grano de trigo? –contestó admirado el rey.

– Sí, soberano. Por la segunda casilla ordena que me den dos granos; por la tercera, 4; por la cuarta, 8; por la quinta, 16; por la sexta, 32…

– Basta –le interrumpió irritado el rey–. Recibirás el trigo correspondiente a las 64 casillas del tablero de acuerdo con tu deseo; por cada casilla doble cantidad que por la precedente. Pero has de saber que tu petición es indigna de mi generosidad. Al pedirme tan mísera recompensa, menosprecias, irreverente, mi benevolencia. En verdad que, como sabio que eres, deberías haber dado mayor prueba de respeto ante la bondad de tu soberano. Retírate. Mis servidores te sacarán un saco con el trigo que necesitas. Sissa sonrió, abandonó la sala y quedó esperando a la puerta del palacio.

Durante la comida, el rey se acordó del inventor del ajedrez y envió para que se enteraran de si habían entregado ya al reflexivo Sissa su mezquina recompensa.

– Soberano, tu orden se está cumpliendo –fue la respuesta–. Los matemáticos de la corte calculan el número de granos que le corresponde.

El rey frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que tardaran tanto en cumplir sus órdenes.

Por la noche, al retirarse a descansar, el rey preguntó de nuevo cuánto tiempo hacía que Sissa había abandonado el palacio con su saco de trigo.

– Soberano –le contestaron–, tus matemáticos trabajan sin descanso y esperan terminar los cálculos al amanecer.

– ¿Por qué va tan despacio este asunto? –gritó iracundo el rey–. Que mañana, antes de que me despierte, hayan entregado hasta el último grano de trigo. No acostumbro a dar dos veces una misma orden.

Por la mañana comunicaron al rey que el matemático mayor de la corte solicitaba audiencia para presentarle un informe muy importante.

El rey mandó que le hicieran entrar.

– Antes de comenzar tu informe –le dijo Sheram–, quiero saber si se ha entregado por fin a Sissa la mísera recompensa que ha solicitado.

– Precisamente para eso me he atrevido a presentarme tan temprano –contestó el anciano–. Hemos calculado escrupulosamente la cantidad total de granos que desea recibir. Resulta una cifra tan enorme…

– Sea cual fuere su magnitud –le interrumpió con altivez el rey– mis graneros no empobrecerán. He prometido darle esa recompensa y, por lo tanto, hay que entregársela.

– Soberano, no depende de tu voluntad el cumplir semejante deseo. En todos tus graneros no existe la cantidad de trigo que exige Sissa.

Tampoco existe en los graneros de todo el reino. Hasta los graneros del mundo entero son insuficientes. Si deseas entregar sin falta la recompensa prometida, ordena que todos los reinos de la Tierra se conviertan en labrantíos, manda desecar los mares y océanos, ordena fundir el hielo y la nieve que cubren los lejanos desiertos del Norte. Que todo el espacio sea totalmente sembrado de trigo, y toda la cosecha obtenida en estos campos ordena que sea entregada a Sissa. Sólo entonces recibirá su recompensa.

El rey escuchaba lleno de asombro las palabras del anciano sabio.

– Dime cuál es esa cifra tan monstruosa –dijo reflexionando–.

– ¡Oh, soberano! Dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince (18.446.744.073.709.551.615) granos de trigo.


El rey se quedó de piedra. Pero en ese momento Sissa renunció al presente. 

Tenía suficiente con haber conseguido que el rey volviera a estar feliz y además les había dado una lección matemática que no se esperaban.





miércoles, 5 de febrero de 2014

¿Lo tienes todo?




Caminando por el parque me senté al lado de un mendigo que estaba sentado en uno de los bancos, el más retirado, viendo dos palomas revolotear cerca del estanque y me pareció curioso ver al hombre de aspecto abandonado, mirar las avecillas con una sonrisa en la cara que parecía eterna. 

Me acerqué a él con la intención de preguntarle por qué estaba tan feliz. 
Quise también sentirme afortunado al conversar con él para sentirme más orgulloso de mis bienes, porque yo era un hombre al que no le faltaba nada, tenía mi trabajo que me producía mucho dinero, claro cómo no iba a producírmelo trabajando tanto, tenía mis hijos a los cuales gracias a mi esfuerzo tampoco les faltaba nada y tenían los juguetes que quisieran tener. 
En fin gracias a mis interminables horas de trabajo no les faltaba nada ni a mi esposa ni a mi familia completa. 

Me acerqué entonces al hombre y le pregunte, ¿Qué pediría usted como deseo en su cumpleaños? Pensando yo que el hombre me contestaría que dinero y así de paso yo darle unos billetes que tenía y hacer la obra de caridad del año. 

No saben mi asombro cuando el hombre me contestó lo siguiente con la misma sonrisa en su rostro, que no se le había borrado y nunca se le borró: “Amigo si pidiese algo más de lo que tengo sería muy egoísta. 
Yo ya he tenido de todo lo que necesita un hombre en la vida y más. 
Vivía con mis padres y mi hermano antes de perderlos una tarde de junio, hace mucho, conocí el amor de mi padre y mi madre que se desvivían por darme todo el amor que les era posible dentro de nuestras limitaciones económicas. 
Al perderlos, sufrí muchísimo pero entendí que hay otros que nunca conocieron ese amor que yo sí y me sentí mejor. 
Cuando joven conocí una niña de la cual me enamoré perdidamente, un día la besé y estalló en mí el amor hacia aquella joven tan bella que cuando luego se marchó, mi corazón que sufría tanto, recordé ese momento y pensé que hay personas que nunca han conocido el amor y me sentí mejor. 
Un día en este parque un niño correteando cayó al piso y comenzó a llorar, yo fui, lo ayude a levantarse, le sequé las lágrimas con mis manos y jugué con él por unos instantes más y aunque no era mi hijo me sentí padre, y me sentí feliz porque pensé que muchos no han conocido ese sentimiento. Cuando siento frío y hambre en el invierno, recuerdo la comida de mi madre y el calor de nuestra pequeña casita y me siento mejor porque hay otros que nunca lo han sentido y tal vez no lo sientan nunca. 
Cuando consigo dos piezas de pan comparto una con otro mendigo del camino y siento el placer que da compartir con quien lo necesita, recuerdo que hay unos que jamás sentirán esto. 
Mi querido amigo, qué más puedo pedir a Dios o a la vida cuando lo he tenido todo, y lo más importante es que estoy consciente de ello. 
Puedo ver la vida en su más simple expresión, como esas dos palomitas jugando, ¿qué necesitan ellas? Lo mismo que yo, nada. 
Estamos agradecidos del cielo de esto, y sé que usted pronto lo estará también".

 Miré hacia el suelo un segundo como perdido en la grandeza de las palabras de aquel sabio que me había abierto los ojos en su sencillez; cuando miré a mi lado ya no estaba, sólo las palomas y un arrepentimiento enorme de la forma en que había vivido sin haber conocido la vida. 

Jamás pensé que aquel mendigo, tal vez un ángel enviado por el Señor, me daría el regalo más precioso que se le puede dar a un ser humano… 
¡La Humildad.!





LA FELICIDAD.





La felicidad no es un camino, no es un lugar, ni un metal precioso que con dinero se puede comprar.

Felicidad es una flor a la orilla de un río, felicidad es una puesta de sol, es la llegada del otoño, la caída de las hojas… es mil cosas pequeñas y hermosas. 

No tiene nombre, fecha, ni edad, simplemente es, porque la felicidad está puesta dentro de nosotros, y no hay que buscarla, sólo descubrirla y disfrutarla. 

No hay más secreto que ese.

Hay gente que se pasa la vida buscando la felicidad, esperando ser felices, y al final acaba su vida, y se da cuenta de que desperdiciaron mil momentos para ser felices en su desesperada búsqueda de la felicidad.

Comprende, pues, que no hay mayor secreto para ser feliz que buscar la felicidad en tu corazón y vivirla cada minuto de tu vida.

Di: Hoy seré feliz y… ¡Sé Feliz! Vive alegre, en paz contigo, y con Dios, ama a los demás, sé simple y serás feliz.

Camina de la mano con la vida, no delante de ella ni detrás; deja que las cosas vengan como deben venir, no las llames o las detengas, sólo espéralas en paz y acéptalas tal como vienen. 

No te inquietes por nada ni pierdas la paz por nadie, solamente envuélvete en ella y ama, eso sí, nunca dejes de AMAR, porque entonces habrás perdido lo más valioso de tu existencia y el real sentido de tu felicidad completa.


martes, 4 de febrero de 2014

EL PROBLEMA.




 Cuenta la leyenda que en un monasterio budista ubicado en una ladera casi inaccesible de las frías y escarpadas montañas del Himalaya, un buen día uno de los monjes guardianes amaneció sin vida.. 

Le hicieron los rituales tibetanos propios para esas ocasiones, llenas de profundo respeto y misticismo.

 Sin embargo, era preciso que algún otro monje asumiera las funciones del puesto vacante del guardián.
 Debía encontrarse el monje adecuado para llevarlas a cabo. 

El Gran Maestro convocó a todos los discípulos del monasterio para determinar quien ocuparía el honroso puesto de Guardián. 

El Maestro, con mucha tranquilidad y calma, colocó una magnífica mesita en el centro de la enorme sala en la que estaban reunidos y encima de ésta, colocó un exquisito jarrón de porcelana, y en él, una rosa amarilla de extraordinaria belleza y dijo: - “He aquí el problema. 

Asumirá el puesto de Honorable Guardián de nuestro monasterio el primer monje que lo resuelva.” Todos quedaron asombrados mirando aquella escena: un jarrón de gran valor y belleza, con una maravillosa flor en el centro. 

Los monjes se quedaron como petrificados, en el más respetuoso silencio, hundidos en sus interrogantes internas… Qué representaría ese bello jarrón con flores? Qué hacer con él? Cuál podría ser el enigma encerrado en tan delicada belleza? Simbolizaría acaso las tentaciones del mundo? Podría ser algo tan simple como que necesitara agua la flor? Eran tantas preguntas…

 En momento determinado, uno de los discípulos sacó una espada, miró al Gran Maestro, y a todos sus compañeros, se dirigió al centro de la sala y … Zaz!! destruyó todo de un sólo golpe. 

Tan pronto el discípulo retornó a su lugar, el Gran Maestro dijo: - “Alguien se ha atrevido no sólo a dar solución al problema, sino a eliminarlo. 

Honremos a nuestro nuevo Guardián del Monasterio”. 
En realidad, poco importa cuál sea el problema.

Hay problemas cuyo aspecto nos confunde, pues halaga los sentidos. 
En el fondo sigue siendo un problema. 
Si es un problema, es exactamente eso: un problema, y precisa ser eliminado, no importa que se trate de una mujer sensacional, o de un hombre maravilloso o de un gran amor que se esfumado; por más hermoso que haya sido la experiencia que has vivido o lo significaba que haya sido la persona con quien has estado, si no existiera más sentido para ello en tu vida, tiene que ser eliminado.

 Muchas personas cargan la vida entera el peso de cosas que fueron importantes en su pasado y que hoy solamente ocupan un espacio inútil en sus mentes, espacio que es indispensable para recrear la vida. 

Un antiguo proverbio Chino dice: “Para que tú puedas beber vino en una copa que se encuentra llena de Té, es necesario primero tirar el té, y entonces podrás servir y beber el vino.” 

Limpia tu vida, comienza por las gavetas, armarios, hasta llegar a las personas del pasado que no tienen más sentido que sigan ocupando un espacio en tu mente. 

Exígete a ti mismo lo que te gustaría exigirles a los demás, y déjalos tranquilos sin esperar NADA de ellos. 

Así te ahorrarás disgustos.

No te quejes con tu Dios diciéndole que tienes un gran problema, dile a tu problema que tienes un gran Dios.